No he podido evitar estremecerme cuando he visto cortar dos árboles, un fresno y un chopo, que había (ya no) delante de las oficinas donde trabajo. Podía sentir en mis entrañas los dientes de esa motosierra, mientras un hombre cortaba sus gruesos troncos sin compasión alguna, primero el fresno, después el chopo. Sentía (siento) como si una parte de mí se fuese con ellos.

Eran dos ejemplares magníficos que nos regalaban generosamente su sombra, nos protegían de los vientos y nos amenizaban muchos momentos con dulces cantos al agitar sus hojas y ramas acariciadas por el viento. También eran cobijo de innumerables pájaros que agradecían, con sus alegres cantos, su presencia y todo cuanto les brindaron durante tantos años.

Quedó desnudo y desprotegido el rosal que se cobijaba entre ellos. No sé si seguirá ahí por mucho más tiempo. Tal vez le depare el mismo destino que a sus dos compañeros.

Ahora, en ese mismo lugar, sólo queda un espacio vacío, mudo, frío, sin apenas vida, salvo la del rosal... mientras dure.