Hoy, un compañero de trabajo llegó después de haber estado unos días de vacaciones en la Ribera Maya, viaje que hice hace más de 15 años. Estuvimos hablando de lo hermoso e increíble de la casi obligatoria visita a Chichen Itza, aunque también hablamos de algo que, si bien no es tan espectacular (según se mire) como el complejo Maya, no deja de ser por ello interesante y, por supuesto, para ponerse a pensar largo sobre ello.

En una de las excursiones que hizo, pasaron por un poblado maya (ahí lo llaman comunidades), el cual también visitaron y le sorprendió, no tanto lo que vió, que también, sino las explicaciones del guía turístico. Cuando me las contaba, escuchaba de nuevo casi las mismas palabras que recordaba haber escuchado cuando estuve hace todos esos años, anécdotas curiosas incluídas. De hecho, se lo comenté, aunque también le dije que, por mucho que pudiera ser "un discurso preparado para los turistas", no por ello tiene porqué dejar de ser verdad, y por supuesto, lejos de parecer mentira es... bueno, mejor os lo cuento y lo opináis vosotros mismos.

Decía el guía que no pensáramos que porque les viésemos en aquellas condiciones, como posiblemente vivieron desde el principio de los tiempos, en viviendas sin agua corriente, ni luz, ni ¿comodidades?, ni porque les viésemos descalzos, ni en general por lo que viésemos de cómo vivían (ó lo que no viésemos, pensando les faltaba), que pensásemos "pobrecillos, cómo viven" ni nada por el estilo. Al contrario, con lo que tenían, eran más ricos que los más ricos.

También señaló, como anécdota curiosa, que en varias ocasiones algunos turistas ofrecieron "calzado cómodo" para los niños, y que éstos, lo miraban con cara de "paraquécoñomedaránésto" y, aunque se los ponían ante la mirada orgullosa de los turistas, a los pocos minutos se los quitaban y los tiraban diciendo "cómocoñopodránandarconésto" porque les resultaba incómodo para desplazarse. Sus pies estaban acostumbrados a pisar descalzo, con alguna sandalia a lo sumo.

Resumiendo, que vivían muy felices con lo que tenían, como lo hacían, con su vida en familia en sus modestas viviendas, con sus animales y sus plantaciones, en plena naturaleza y que no les faltaba de nada, al contrario de lo que habitualmente nos sucede a muchos de nosotros, que por más que tengamos, siempre nos faltará algo.

Desde luego, la sonrisa de esos niños no era la de alguien que se siente precisamente incómodo con la vida que lleva. Todo lo contrario, unas sonrisas amplias y hermosas, que parecían salir de muy dentro y que tuve el placer de disfrutar hace algún tiempo, como las disfrutó también mi compañero ese día.

Mi conclusión, aunque sea una frase hecha, "No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita", y qué verdad tan grande es.