Había una vez una pequeña aldea, no importa donde, porque en ésta historia lo más importante no es la aldea, sino las personas que en ella habitan.

En aquella aldea, cada persona hacía lo que sabía, como mejor sabía. De ésta forma, todo quedaba hecho en la aldea y nada quedaba por hacer. Podríamos decir que los habitantes de ésta aldea, eran felices, cada uno con lo que hacía, porque lo que hacía, no sólo era para él, sino para quien lo necesitara en aquella aldea.

Y así, había un agricultor que se encargaba de cultivar los campos, proporcionando así el sustento de todos, que no eran muchos. Pero resulta que el agricultor, no sabía hacer herramientas para su trabajo, así que se las pedía al herrero, y éste, experto en el trabajo del hierro, se las proporcionaba.

Resulta que el herrero, no sabía trabajar la madera para poder hacer el mango a algunas herramientas, para que su uso fuera más cómodo, así que se los encargaba al carpintero.

La destreza del carpintero en el trabajo de la madera, era por todos conocida, pues también hacía los muebles para las casas de sus vecinos en la aldea, por supuesto, también para la suya.

Había también un zapatero, que fabricaba con sus manos el calzado para él y para todos sus vecinos, pero resulta que el zapatero necesitaba también herramientas que le pedía al herrero y también un banco para trabajar la piel, que se lo encargaba al carpintero.

Un día, por la sencilla razón de que le llegó su momento, el carpintero (ó el herrero, ó el zapatero, ó el agricultor, quién sabe si el panadero) murió. En apariencia, lo que esa persona hacía, se quedó sin hacer, aunque en aquella aldea, cuando ésto sucedía, se apañaban como mejor podían hasta que alguien aprendía el oficio de quien se fue.

Y así, entre unos y otros, cada uno con lo que sabía hacer, aunque no supiera hacer otra cosa, lo hacía tanto para él, como para sus vecinos. De ésta forma, todos tenían lo que necesitaban, hacían todo cuanto era necesario hacer y nada ó muy poco, quedaba sin hacer en aquella aldea, donde no era necesario que todos supieran de todo, pues siempre habría alguien que supiera ó aprendería hacerlo, que además estaba dispuesto a ofrecerlo.

Y colorín colorado, la historia en ésta aldea, aún NO ha terminado.

Jesús