La vida, en ocasiones, parece querer ofrecernos un gesto de alegría, de paz, de no sé qué exactamente, pero sin duda, de efecto muy agradable. Ésta vez, lo hizo a través de la mirada y gestos de un niño.

Ésta mañana fui a hacerme el reconocimiento médico que la empresa nos ofrece anualmente a todos los empleados. Opté por ir en metro, y ya de regreso, un niño de apenas un año, me miraba fijamente, con curiosidad. Pronto, su curiosidad es expresó en un claro deseo de venir a mis brazos.

En vista de su insistencia, y también de una repentina necesidad por sentirle entre mis brazos, le dije a su madre que si él quería, no me importaba que viniera conmigo. Aún había tiempo de poder estar juntos.

La madre asintió con una sonrisa y dejó que el niño viniese conmigo. Lo tomé en mis brazos. Durante unos instantes, nos observamos con curiosidad, jugueteamos, sonreímos, nos tocamos, nos sentimos... Su intranquilidad se volvió repentinamente en calma. Todos mis pensamientos volaron y quedaron mis sentidos libres para disfrutar de aquel instante. Fueron unos pocos minutos realmente intensos, que al final, dibujaron en él una sonrisa que reflejaba un claro... ¡qué buen momento juntos! ¿verdad?

Jesús